1. BAÑO DE LUNA. 08/08/2000.

Muchos viajes quedan marcados por los primeros momentos. El día de salida ha sido intenso, para poder acabar los últimos preparativos y recorrer los primeros kilómetros. Afortunadamente, me esperaba un pueblo “abandonado” muy especial para la primera noche: El Fonoll.

El Fonoll fue un pueblo abandonado hasta que a un emprendedor se le ocurrió convertirlo en un pueblo naturista. Y pasó de soñarlo a ponerse manos a la obra. El Fonoll ya no está abandonado, sino que se ha convertido en la crónica de un sueño que ha empezado a hacerse realidad.

He llegado con la moto al anochecer, esa hora mágica donde se confunden el día y la noche. Al poco rato de llegar, ha aparecido una chica francesa que viene a quedarse un tiempo dando masajes a los escasos clientes del pueblo naturista.

Tras montar las tiendas, nos hemos sentado a compartir algo de cena y una larga conversación. La noche estaba preciosa en este paraje apartado del mundo, con una luna creciente que rompía tímidamente la noche.  Decidimos acompañarla con un baño a la medianoche y nos bañamos los tres. Un baño nocturno en un pueblo abandonado que empieza a revivir.

  1. SOL Y LUNA. 09/08/2000.

Hoy ha sido el verdadero inicio de viaje. Abandonar la provincia Tarragona y cruzar por las tierras de Lleida para entrar en los Monegros por el pantano de Mequinenza. Tierra dura, áspera y un clima infernal han marcado esta kilométrica jornada de pistas pedregosas y polvorientas ¿Acaso podía esperarse otra cosa en agosto?

Por el camino me encontré una agradable sorpresa al pasar por Les Besses, una cuidada ermita junto al pueblo abandonado. El interior de la ermita transmitía un ambiente misterioso. El aire era fresco y silencioso, en penumbras con la poca luz que entraba por dos altos ventanucos y el altar preparado para cualquier ritual. Con el tiempo detenido, no costaba imaginar una suave melodía de flauta flotando en el ambiente.

A partir de ahí, el día se endureció con un calor sofocante que me acompañó sin tregua. Me percaté de la dureza del viaje que había emprendido, alternando a ratos la desolación del paisaje repetido y el cansancio de los kilómetros con sorpresas en los caminos. En plena sequedad de Los Monegros, me sorprendieron los riegos de las plantaciones: el milagro del agua y la vida, dibujado por un horizonte lleno de chorros de agua.

Tras atravesar Bujaraloz llegaron por sorpresa las mejores sensaciones del día: llevaba cerca de 8 horas sin bajarme de la moto, y emprendía sin demasiado ánimo los kilómetros finales. ¡Qué bellos fueron! A mi derecha, un sol rojizo se resistía a desaparecer y jugaba caprichoso con la línea del horizonte, dibujando una preciosa puesta de sol. A mi izquierda, aparecía la luna la que orgullosa lucía en el cielo anunciando la noche.

Sol y luna; luna y sol. Ambos fueron mis acompañantes simultáneos de viaje en esas horas finales del día, recorriendo las pistas hacia Gelsa.

  1. EL HORIZONTE INFINITO. 11/08/2000.

Las pistas de Quinto de Ebro a Belchite en Los Monegros resultaron ser hermosas sensaciones de desierto. Es impresionante sentirse solo en la moto en aquel paisaje desértico. La línea del horizonte se dibujaba lejana, mientras que todo lugar a donde alcanzaba la vista permanecía inmóvil.  Se siente uno tan poquita cosa en aquellas llanuras rojizas, que apetece parar el motor y sentir su calma para escuchar un silencio solo roto por el viento. El encanto del desierto: esa mágica fascinación que nos atrae y nos convierte en adictos.

La velocidad pasaba a ser algo relativo: al no haber referencias, me sorprendía a mi mismo a veces rodando a 100 km/h por aquellas rectilíneas pistas polvorientas. Me olvidé del destino y me dediqué a disfrutar del placer de rodar por rodar. Deambular sin destino. De vez en cuando aparecía un pastor en medio de la nada, dónde paraba la moto y charlaba unos minutos con ellos. Piel dura y reseca, pocas palabras y un esbozo de sonrisa, una extraña complicidad propiciada por el solitario entorno. Uno de ellos me confesó: “son las ovejas las que me acompañan y vigilan que no me marché ¿a dónde habrían de irse ellas? conocen cada brizna de hierba de estos terrenos; yo hace años que simulo vigilarlas, pero que no se entere el amo ¿Qué haría todo el día sin la compañía de estas ovejas?”

Se acabaron todas las pistas. En vez de retroceder, seguí adelante por un cauce de río seco. Me recordaba a los oueds de Marruecos. Finalmente, aparecieron las ruinas del pueblo viejo de Belchite.

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