1. EL PLACER DE PERDERSE. 14/08/2000.

Al llegar a las montañas riojanas y sorianas, el paisaje cambió radicalmente. Bosques, abundante vegetación y fauna variada pasaron a ser la tónica que acompañaba a las reviradas pistas de montaña.  Encontrarse con pequeños ciervos al girar una curva. El espectáculo de los soles-sombra al entrar en los bosques del camino. Largas subidas y bajadas. El paso de Los Monegros a un terreno agreste. De la desolación a la vida abundante. Todo ello desde el placer de rodar relajadamente en la moto intentando empaparme lo que veo y sentir todo lo que voy encontrando.

Al tiempo, aparecieron nuevos retos en cuanto a la orientación al acabarse los horizontes infinitos, los llanos y los rumbos claramente definidos. Hay que aprender a hacer convivir las señales del precario gps sin cartografía con la intuición, es decir combinar las señales de la tecnología con las reglas clásicas de la montaña: ubicar los valles, los altos, etc. Las distancias rectas en la pantalla quieren decir poca cosa. Por ejemplo, el gps me indicaba que estaba a menos de 1 kilómetro del punto marcado; y era cierto, aunque frente a mi había un desnivel cortado de 700 metros. ¡y yo con ruedas, pero sin alas!

Me pierdo y me pierdo y vuelvo a perderme mientras voy aprendiendo esa nueva combinación entre la intuición y la tecnología. Pero a quien le importa perderse, si eso en estas montañas siempre es un placer: ¡hasta seis veces llegue a saludar a la solitaria vaca que vigilaba el alto!

  1. PELEANDO CON EL BARRO. 16/8/2000.

Por la tarde esquivé la tormenta con una parada en el momento justo. No es lo mismo pegarte una remojada cerca de casa donde tienes a mano una ducha caliente y ropa seca, que la lluvia durante el viaje con todas mis pertenencias sobre la moto. A la noche, el cielo seguía amenazante de más lluvias, así que decidí buscar una habitación para dormir. Fue una sabia decisión. Esa noche descargó mucha agua en la zona, una tormenta tras otra sin descanso.

Pensaba que había esquivado los males del agua; pero bien pronto me di cuenta de mi error. Me quedaba por delante todo un día de pelear sobre el barro resultante de las lluvias. Un barro rojizo, pegajoso y resbaladizo.

Durante muchos kilómetros estuve flirteando con la caída: largas patinadas, charcos y derrapadas. Siempre a punto para probar la dureza del suelo, pero salvando el desastre en el último momento con el consabido “¡uuuuyyyy!”. Tanto va el cántaro a la fuente que finalmente perdí el control de la moto y me fui al suelo. Nada demasiado grave, salvo las heridas en el honor. Pero después de la primera caída, apenas un kilómetro después vino un segundo revolcón. Enrabietado y molesto conmigo mismo, enfilo hacia el cercano Santa María de Ribarredondo. El refranero español ya nos avisa “qué no hay dos sin tres”, y de nuevo, al cruzar la mojada vía del tren volví a caer con la moto. 

¡Vaya día! Al llegar a Santa María busqué un bar para revisar los daños en la moto. Se había roto un filtro de gasolina, por donde se escapaba a chorros el preciado líquido. Con el café caliente, rehago la moral y el ánimo, y encuentro un amable taller de coches Renault en el que me facilitan un trozo de tubo con el que sustituir el del filtro dañado.

En poco rato, vuelvo a estar a punto para continuar viaje. A seguir la lucha contra el barro, que todavía me acompañaría en un par de días, obligándome a seguir interpretando el papel de equilibrista motorizado.

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