Las vegas, una ciudad de cartón piedra

Con la moto aparcada y una buena ducha para quitarnos los kilómetros de encima, fuimos a cenar y pasear por la ciudad. En moto todo parecía relativamente cerca, pero a píe las distancias son enormes. Cada hotel es realmente grande. Todos tienen su centro comercial y el correspondiente casino en los bajos del hotel, además de fastuosos jardines, lagos y parkings. Como es esperable, mucho neón y anuncios de espectáculos de renombre.

Hay ríos de gente por la calle que parecen pasárselo bien. De hecho, que parecen tener la obligación de pasárselo bien. Están de vacaciones. Las Vegas es un auténtico templo de consumismo. Todo es de cartón piedra y está orientado a gastar y gastar. Interminables salas de máquinas tragaperras. Hombres-anuncio ofreciendo mujeres por la calle. Todo en esta ciudad es artificial, huele a falso.

Sinceramente, no me gustó Las Vegas. Nada. Viniendo de los impresionantes Parques Nacionales norteamericanos, Las Vegas me pareció algo menor. Vacío. Insulso. Decadente. No me aportó nada. No pretendo convertir una crónica de viaje en un análisis sociológico por lo que no me extenderé sobre el tema. De todos modos, si algún día me pierdo seguro que no me encontraréis en Las Vegas.

Una de las cosas que me impresionó fue la iluminación de algunos espacios interiores que parecían tener luz diurna natural. En los canales venecianos (con gondoleros, puentes y Piazza San Marcos incluídos) parecía que estábamos a media tarde. En realidad, era noche cerrada hacía unas cuantas horas, pero parecía media tarde. Tremenda confusión entre el día y la noche. Las Vegas no tiene horario y la actividad nunca se para.

Entre las máquinas tragaperras me sorprendió encontrar algunas motos. En uno de los casinos, se podía ver unas BMW’s sobre las tragaperras, en un curioso lugar para la promoción de las motos.

Más curiosa resultó ser una creación custom que había en otro de los casinos: “Las sirenas del Treasure Island”. Una moto espectacular, aunque me cuesta imaginar que sea capaz de circular por la calle. No está mal como escultura para poner en el comedor, pero siempre he pensado que las motos son para usarlas.

Una de las anécdotas de la noche nos sucedió en la calle. Había finalizado un rodaje y el actor principal estaba pacientemente firmando autógrafos y haciéndose fotos con un grupo de fans. Preguntamos a algunas de las chicas que tenían un autógrafo en la mano quien era el actor: “Ah, no sabemos,… pero seguro que es alguien famoso”. “Yo tampoco sé quien es, pero ya lo buscaré en internet”, nos dijo otra chica que se había hecho una foto con él. Y allá estaba esforzándose el pobre actor a contentar a unas fans que ni le conocían.

Al entrar en Las Vegas ya nos había llamado la atención el Harley Café. Volvimos por la mañana para verlo en detalle. Se trata de un gran restaurante temático alrededor del mundo Harley. El local está repleto de motos y fotos. Muchas de las motos volaban literalmente por el local, sujetas a unas cadenas y dando vueltas. Además, había todo tipo de Harleys personalizadas (con más o menos gusto) distribuidas por el local. En un lateral se puede ver una preciosa exposición con todos los motores de la historia de Harley Davidson.

Pero lo más friki estaba en el segundo piso: una capilla para casarse entre Harleys y poderlo celebrar allí mismo. “The Chopper Chapel”. El album de fotos de las celebraciones que había en la capilla no tenía desperdicio, con Elvis de todos los colores acompañando bodas sobre las motos. Cogimos un ramo decorativo de la capilla y nos hicimos unas rápidas fotos antes de marchar de Las Vegas.

Estuvimos menos de 24 horas en Las Vegas sin mover la moto. Pero la verdad es que fue más que suficiente.

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