Muchos de mis amigos han bautizado sus motos. La GS de Palisandro se llama Sophie. La CBF de Elsa se llama Helga. La GS de Raquel es Indomable. La Strom de Toni se llama Babieca. Y así podría seguir una larga lista.

Bautizar las motos me parece una manera de humanizarlas, de hacerlas únicas. Al final, de una manera u otra todos las bautizamos. Modificar la marca comercial (“la Africa” es como me refiero a mi Africa Twin actual;  “la Trans” siempre fue mi manera de llamar a la TransAlps) o aprovechar alguna característica (“la vacagorda” era mi GS1200 Adventure o “la salvadoreña” la Africa Twin que compré en El Salvador).

Para los que amamos las motos no son meras máquinas. Tienen alma. Son únicas. Y por eso se merecen un nombre. Un nombre propio. Para cada una. Por un momento, me imaginé que en Pautravelmoto Barcelona identificaríamos las motos por los números de las placas de matrícula. Y no me gustó. Impersonal. Frío. No, no puede ser.

Así que toca bautizarlas. Cada moto tendrá su nombre y su propia historia, sus lugares recorridos, sus arrendadores, sus heridas, sus ilusiones… Porque amamos las motos. Las tres primeras ya tienen nombre. La CB500X blanca se llama Copito. La Africa Twin tricolor DCT se llama Dakar. Y la Africa Twin roja ABS se llama Fuego.

Copito. Dakar. Fuego. Con ellas comienza esta historia.

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