Cuando Ana salió de Colombia con la intención de llegar a Alaska apenas llevaba 100 kilómetros recorridos en su moto. No sabía cambiar el aceite, no había salido del país y tampoco se hacía a la idea de recorrer una distancia tan larga en moto con tan poca experiencia. Aún así, hizo las maletas y eligió la aventura. El pasado 5 de marzo tuvimos el placer de recibirla en PauTravelMoto para escuchar sobre sus aventuras.
Antes de ir a Alaska, Ana vivía en Colombia. Después de viajar por el mundo durante 8 años, comenzaba a preguntarse si no era momento de volver a la vida sedentaria. Se había comprado una moto y de vez en cuando recorría zonas cercanas de Colombia con ella, pero no tenía intenciones de abandonar el país, donde ya había adquirido la residencia. Le gustaba el clima, el ambiente, la gente; nada en su vida indicaba lo que vendría después.
Un día conoció a alguien que venía del sur con intenciones de llegar a Alaska. Sin darle muchas vueltas, su corazón decidió que estaba listo para más aventura y emprendió el viaje nuevamente a pesar de que no estaba en sus planes ni en sus sueños. Trasladó su moto hacia Panamá y comenzó a subir. En total, entre la subida y la bajada, recorrió 28,000 kilómetros, una cifra que equivale a cuatro viajes por Europa de un lado al otro.
A 70 km/h se ven osos
Tenía una Pulsar 200, una moto relativamente pequeña que no le permitía subir demasiado la velocidad en su recorrido. Aunque algunos podrían considerar esto como una desventaja, ella sabe encontrar el lado positivo con una sonrisa: una velocidad más baja significa también una mayor posibilidad de apreciar los paisajes en su camino. Si hubiera ido más rápido, por ejemplo, ver osos o bizontes hubiese sido imposible.
A lo largo de su recorrido, si algo no le faltó fueron paisajes espectaculares. Desde playas paradisíacas hasta lagunas esmeralda en los bosques de Alaska, la baja velocidad fue una de las tantas ventajas de su recorrido. Además de osos, pudo ver también renos y bisontes, una especie en peligro de extinción que pocos tienen la dicha de avistar de cerca.
El lado práctico del viaje
Durante el viaje pasó por selvas tropicales, montañas bosques de neblina, sierras, desiertos, los bosques de coníferas y finalmente la tundra ártica. Con todos estos cambios que la llevaron a pasar de temperaturas de entre -5 y 40 grados, empacar se volvió un desafío; ¿su recomendación? Ropa técnica ligera que se seque fácil y pueda cubrir del sol a la par que te calienta cuando las temperaturas bajan, así como buenas prendas técnicas.
Si no estaba preparada para algo era para el frío. No imaginó, por ejemplo, que un día, después de bañarse en un lago tendría que pasar horas conduciendo sin sentir las manos, ni tampoco que, al acampar, dentro de la tienda podría pasar tantas dificultades. Por eso, fue importante para ella comprar distintas capas para adaptarse y, en última instancia, unos guantes de cocina para calentarse las manos.
La mayor parte de su alimentación se basó en comidas sencillas o preparadas. Al llegar a Alaska, no obstante, se enfrentó con un nuevo desafío imprevisto: los osos. Dentro de los centros de acampada no era raro que estos animales quisieran husmear, por lo cual se tomaban varias medidas como proteger la comida en grandes jaulas de metal, cambiarse de ropa antes de entrar a la tienda e incluso colgar algunos productos de los árboles. Ana cargó un buen tiempo con un spray contra osos que, por fortuna, nunca tuvo que usar.
Otra recomendación práctica que ofreció a los motoviajeros fue la contratación de un seguro de salud. Cuando pensó que jamás lo usaría, salió descalza por el bosque en México y se pincho en el pie con tal fuerza que tuvo que recibir tratamiento.
Su último consejo es dejarse ir sin miedo y seguir el corazón. Aunque resulte un cliché, su experiencia nos recordó que la dicha de viajar en moto es que cada aventura es única y se construye desde el espíritu de quien la emprende, independientemente de lo que otros puedan opinar.
La próxima aventura
Después de esta travesía épica, el futuro es incierto. Si de algo está segura es de que, entre ser mochilera y ser motoviajera, prefiere la segunda porque le permite acceder a reservas naturales que de otro modo resultarían inaccesibles. Se plantea recorrer Sudamérica, un área de la cual conoce muy poco, o Europa del Este. Sea como sea, lleva consigo los aprendizajes de estos últimos meses y el deseo de seguir conociendo el mundo en moto.
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