Vicente Barberá decidió, hace casi una década, ponerse a los mandos de su moto y dejarlo todo atrás para sumergirse en una travesía épica. Su periplo lo ha llevado a cruzar las fronteras de 73 países en todos los continentes, acumulando más de un millón de kilómetros en el marcador. Para que nos hagamos una idea de la magnitud de esta cifra, un millón de kilómetros equivale a dar 40 vueltas al mundo siguiendo la línea del Ecuador. En Pautravelmoto tuvimos el honor de recibirle para que nos narrara sus vivencias por el globo y compartiera valiosos consejos con quienes, como nosotros, han convertido el motociclismo en su pasión y estilo de vida.

Renunciar a la vida previa

Aunque hoy en día la idea de recorrer el mundo en moto parezca algo cotidiano, en la juventud de Vicente no lo era: apenas se veían viajeros en España y la sola idea de cruzar el país en moto —ya no hablemos del mundo— resultaba cuando menos inverosímil. Su primera moto la adquirió junto a su padre y, desde aquel momento, no dejó de soñar con viajar; una ambición que empezó a materializar por territorio nacional incluso contra la voluntad de sus padres. Tras años alimentando el sueño de la vuelta al mundo, finalmente dio el paso, aun sabiendo que aquello implicaba cerrar un negocio y dejar atrás un divorcio.

Fue en Brasil donde conoció a la que sería su compañera de ruta durante años; tras sacarse ella el carné, emprendieron el viaje en cuanto tuvieron ocasión. Compartieron siete años de ruta y, desde hace un año, Vicente continúa la aventura en solitario, una experiencia radicalmente distinta que le ha aportado grandes aprendizajes.

Algunos consejos para motoviajeros

A pesar de su millón de kilómetros, el primer gran consejo que ofrece Vicente es no viajar por la distancia, sino por las experiencias. Para conocer un lugar, cuenta, es necesario quedarse por lo menos durante unos días, algo imposible de lograr si se tienen ambiciones kilométricas desmedidas en un tiempo limitado. En este sentido, a veces resulta más conveniente conocer un país a fondo que un continente de forma superficial.

Según explica, uno va creando su lugar en los sitios a los que va y los va conociendo. Cuando un lugar le cautiva puede quedarse 20 días para explorarlo a fondo, aunque, claro, para eso hay que tener tiempo. Si tuviera que delimitarlo, él diría que mínimamente es necesario quedarse 2 o 3 días en cada lugar; la única excepción en su caso fue el Tibet, donde hizo 4000 kilómetros en 15 días porque esa es la extensión máxima de visa que se puede obtener.

Vicente mantiene la creencia de que todo se resuelve, incluso aquello que parece no tener solución. omo muestra, relató cómo, tras quedar atrapado en Irak bajo la amenaza de ISIS —donde supo de dos iraquíes que fueron secuestrados intentando salir—, logró ser uno de los primeros en cruzar hacia Kuwait, país donde encontró una seguridad excepcional

Para los aventureros, sus recomendaciones son claras: es mejor alquilar que pagar fortunas por trasladar la moto propia, apostar por motos ligeras que se puedan levantar con facilidad, viajar con poco equipaje (distribuido en la parte baja para no comprometer el equilibrio) y utilizar maletas blandas, ya que pesan menos y son más resistentes a los golpes. En el kit de básicos nunca deben faltar: cinta aislante, cinta americana, bridas, alambre, pegamentos para plásticos y metales, varias tarjetas, dinero en efectivo (tanto en moneda local como extranjera) y un equipo de acampada por si los planes se tuercen.

El viaje como forma de conocer el mundo

Viajar en moto ofrece también multitud de experiencias inolvidables que te enseñan cómo funciona el mundo y a tener respeto con cómo se ven las cosas desde otras perspectivas. Como alguien que colocó una bandera talibana en su moto, él señala que meterse en el pellejo de personas distintas –como los propios talibanes– es fundamental, así como comprender su cultura y su educación, incluso si es distinta a la propia. Otra de sus anécdotas nos traslada a Irán, donde tras conocer a alguien en un local, la policía del régimen apareció sospechando que eran espías; por suerte, y gracias a su precaución de tener todo en regla, el incidente no pasó a mayores.

Para bien o para mal, el mundo no deja de girar mientras viajas. Vicente lo comprobó al cruzar Venecia justo al inicio de la pandemia, terminando confinado en un pequeño pueblo de Croacia. Lo que iba a ser una semana se convirtió en tres meses. Lejos de desanimarse, aprovechó para pasear y pescar, y en cuanto se abrieron las fronteras, puso rumbo a Turquía, donde permaneció nueve meses.

La gran lección que nos deja la fascinante charla de Vicente es que hay que abrazar lo desconocido con la mente abierta. Una actitud positiva permite dejar atrás las dificultades y recibir las alegrías venideras con el motor siempre encendido.

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